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Jo confesso el meu trastorn mental: parlen Jim Carrey, La Roca, Mercedes Milá...

09 de octubre de 2020

(Publicat a El Periódico 25 de setembre de 2020 per Núria Navarro)
"Mira, esa es mi tercera persona. Esa es mi mierda bipolar [...] ese es mi superpoder, no es ninguna discapacidad, ¡soy un superhéroe!", rima Kanye West en 'Yikes', tema incluido en un álbum -'Ye'- que subió al podio de los mejores de R&B / Hip Hop del 2018. Sucedía dos años después de que el rapero más célebre de la industria cancelara la gira 'Saint Pablo' para ingresar en un psiquiátrico.

El año pasado, cuando parecía haber recuperado el control, West explicó que la letra de 'Yikes' no era una trama ingeniosa. Sufría un trastorno bipolar. Si no se medicaba, dijo, podía "creer que querían matarle". Pero este 2020, entre otras señales de alarma, escribió a su hija North en redes un mensaje inquietante –"si me asesinan no dejes que los medios blancos te digan que no era un buen hombre"–, y el pasado fin de semana se orinó sobre un Grammy.

Es el caso más desgraciado (y poco edificante) de un 'MeToo' de las enfermedades mentales al que se va sumando un río de celebridades. Entre otros, Dwayne 'La Roca' Johnson, Cara Delevingne, Miley Cyrus, JK Rowling, Jim Carrey, Ricky Martin, Dakota Johnson, Lady Gaga, Bruce Springsteen, Al Pacino, el príncipe Harry, J Balvin y Michelle Obama han confesado sufrir depresión; Billie Eilish, síndrome de Tourette; Cameron Díaz, misofobia; Emma Stone, ansiedad, y Leo DiCaprio, TOC.

Esta salida del (nuevo) armario da esperanza a las 450 millones de personas que sufren un problema de salud mental en el mundo. "Es importante diagnosticar y tratar, pero también conseguir que gente de éxito explique que lo ha podido superar", afirma el psiquiatra Víctor Pérez Solá, director del Instituto de Neuropsiquiatría y Adicciones del Hospital del Mar y timonel de la Alianza Europea contra la Depresión. Es la mejor forma de combatir el –"aún horroroso"– estigma social y lograr que el trastorno mental–"afectará a una de cada cuatro personas en algún momento de su vida"– acabe teniendo el estatus de normalidad del cáncer o el infarto. "Se habla de depresión cuando un famoso se suicida, o de psicosis, cuando una madre mata a sus hijos, pocas veces como enfermedades de las que se puede salir", lamenta Pérez Solá.

Hay consenso también entre los psicólogos. Rafael Santandreu, autor de 'best-sellers' que han prendido una luz en la oscuridad de famosos y anónimos, señala que es crucial "romper el tabú de que es cosa de débiles o de pirados". "He tratado a políticos de primer nivel que, hasta el momento, eran los tipos más fuertes del planeta y de repente caen".

Sònia Cervantes, la psicóloga de 'Hermano mayor', considera que esta salida del armario también acaba con un dañino error de percepción. "Endiosar a las 'celebrities' como si fueran entes perfectos, ajenos a sufrir lo que cualquier mortal, nos ha llevado a pensar que la enfermedad mental es algo que le pasa a otros. Se nos educa para evitar el sufrimiento y no para hacerle frente".


Milá & Pasaban. Dos pioneras peninsulares

Como en la mayoría de los famosos que se aprestan a salir de este armario, la idea de explicar que 'de-ahí-se-sale' fue la que decidió a la bulldozer Mercedes Milá a confesar en 'Planeta Calleja', en el helado Polo Norte, que sufría depresión. "Hablé cuando ya veía la luz al final del túnel y pensando en que mi testimonio podía ayudar", explica la periodista, que había buscado desesperadamente referentes cuando estaba en el pozo. "Era consciente del riesgo que corría, pero me pareció superior el beneficio –asegura–. Pasado el tiempo, lo que me ha llegado ha sido bueno: amor, respeto y comprensión. Sigo pensando que hablar es importante".

También la primera mujer española en subir 14 'ochomiles', la guipuzcoana Edurne Pasaban, dio el paso al frente tras dos tentativas de suicidio y varios ingresos hospitalarios. Había dejado alguna pista en su libro 'Catorce veces ocho mil' (2011), pero lo destapó más tarde en una entrevista de Pau Arenós en este diario y el 'Chester' de Risto Mejide funcionó como amplificador.

La alpinista, que hoy es madre y da charlas motivacionales, no se arrepiente, pese a que sus padres, temerosos de una recaída, siguen preguntándole qué necesidad hay de airearlo. "Yo lo hice porque podía ser un referente, pero también porque era bueno para mí", explica, sin esconder que en algún momento temió que la mirasen "de otra manera". Eso no ha ocurrido. "He sentido que la gente pensaba que era valiente".

Y cuenta, "algo asustada", que recibe una apabullante cantidad de mensajes de afectados pidiendo orientación. "Mueren más jóvenes por suicidio que en accidente de tráfico–subraya Pasaban–. Así que urge que las administraciones tomen conciencia, pongan medios y redes de apoyo". Y aplaude el masivo 'yo también' de los famosos si es una palanca de cambio y no "una forma de colgarse la chapa".

Los sesgos no desaparecen

Milá y Pasaban son dos mujeres respetadas. Intocables. Lo superaron. Pero no todas las estrellas reciben el mismo escrutinio. Hasta el siglo XXI la 'locura' fue la marca del artista/filósofo inspirado y del genio iconoclasta. (Hombre, blanco y mayormente rico). Bien, pues los sesgos de género y clase siguen encharcando las iniciativas más bienintencionadas de nuestros ídolos contemporáneos.

A la hora de la verdad, no es lo mismo que el 'mazas' Dwayne Johnson cuente que ha superado la depresión –de hecho, ha tenido tres episodios– que Lindsay Lohan. En 'La Roca' controlar el trastorno es visto como el logro de un titán; mientras que de la 'exchica Disney' se espera la próxima colisión. Tampoco recibe la misma empatía Britney Spears que Michelle Obama. Mientras la cantante, diagnosticada de bipolaridad, es objeto de mofa y se le dice a la cara que es 'white trash' ('basura blanca'), a la exprimera dama de Estados Unidos medio mundo le prodiga arrullo. Es una mala señal emitida en 'streaming' a millones de enfermos que, con mucha suerte, tienen una primera–y quizá lejana– cita en la sanidad pública.

La fascinación fetichista por la caída siempre ha sido una mina para los inescrupulosos. No hubo piedad con Marilyn Monroe, Whitney Houston o Amy Winehouse. Ahora el filón ventajoso es el 'outing' del famoso en horas bajas que, a cambio de unos euros, cuenta su trastorno y dispara la audiencia.

"Existe el riesgo de que se banalice la enfermedad mental", admite el psiquiatra Pérez Solá. "A los pacientes famosos les recomiendo que, tras hacer público que lo han superado, salgan del foco –explica el doctor–.  Y que si quieren estar en redes, no hagan de la enfermedad un argumento. No es 'un esquizofrénico' o 'un depresivo', es una persona que ha tenido una crisis". En este sentido, la sobreexposición de Kanye West le parece "muy peligrosa".

Coincide la psicóloga Sònia Cervantes. "Lo importante del 'Metoo' de las celebridades es el enfoque: debe estar exento de frivolidad, no romantizar la enfermedad mental y hablar del sufrimiento que conlleva, pero también de las posibles soluciones, que existen".
¿La última treta del márketing?

Algunos analistas del mundo contemporáneo añaden una nueva alerta. Gaston Franssen, profesor del departamento de Cultura de la Celebridad de la Universidad de Ámsterdam, afirma que algunas salidas del armario de famosos enmascaran una nueva treta del capitalismo tardío. "Las narrativas sobre la salud mental de los famosos reflejan (y reproducen) la ideología neoliberal del individualismo competitivo y el valor de la superación personal continua", explica.

La finalidad, prosigue, no es tanto concienciar y normalizar, como proporcionar consejos sobre estilos de vida. "La convergencia del 'sickscape' (paisaje de la enfermedad) y la cultura de la celebridad –argumenta– puede entenderse como una 'celebrización' del autocuidado, presentando las formas de logro del yo, incluida la recuperación".


El 'caso Lovato'. El trauma como 'branding'

Este juicio algo espeso de Franssen se aclara poniendo la lupa sobre el 'caso Demi Lovato', que, por antiguo, permite reseguir su singladura. A principios de octubre del 2010, la estrella de Disney acababa de cumplir 18 años y estaba en la cima del pop. Era un "icono de estilo seguro" que funcionaba como modelo para las niñas. Pero, a finales de ese mes, a bordo del avión de la gira de los Jonas Brothers, Lovato le dio un guantazo a uno de los bailarines.

En cuestión de días, entró en un psiquiátrico de Chicago y los medios se entretuvieron especulando sobre una infancia traumática, su ramillete de adicciones y la bulimia. Su condición de 'princesa Disney' entró en rumbo de colisión. Sin embargo, zas, en la pasada Super Bowl fue la que cantó el himno de EEUU, lo más parecido a un certificado de modelo impecable para la mujer americana.
"Demi Lovato ha abrazado sus luchas mentales como parte de su marca personal", lamenta el analista cultural Gaston Franssen

¿Qué ha ocurrido entretanto? Se ha convertido, según definición de Alex Morris en la revista 'Rolling Stone', en "la princesa de la rehabilitación del pop". Bien asesorada, "Lovato optó por abrazar sus luchas mentales como parte de su marca personal", señala Franssen. En programas de entrevistas ha afirmado ser "bipolar y orgullosa", se puso a la cabeza de la campaña Be Vocal, que fomenta la conciencia sobre la salud mental; volcó sus 'loopings' emocionales en los álbumes 'Unbroken' y 'Confident'; compartió su historia en dos documentales –'Demi Lovato: Stay Strong' y 'Demi Lovato: Simply Complicated'–, y hasta ha recomendado 'apps' como herramientas de autoayuda.

"Esta idea de que 'tienes todo lo que necesitas dentro de ti para vivir la vida que siempre has soñado', y que conseguirlo es cuestión de 'trabajar duro', es una estrategia de la maquinaria neoliberal de producción simbólica". El mensaje de 'si fracasas es por tu culpa', zanja Franssen, agrava los sentimientos de culpa y vergüenza de los millones de enfermos comunes y corrientes.

Y no hay lugar para la culpa. Se sale con un buen diagnóstico, un tratamiento y referentes honestos y desinteresados.


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